si hay algo, Evelia
que jamás descansó en casa
fue tu cocina
sus olores desfilan por mi memoria
desde que aprendí a recordar
tú, completa ojos y silencio
te entregaste al punto exacto de los guisos
y tuviste amor por igual
para preparar chiles rellenos
que por tus hijos
en cada baile de tus manos
ofrendaste el ser entero
pues carnes, pieles o huesos
convertiste en melodía
recordarte es tenerte en mi pasado
olerte unida e inseparable de mí
una manera para detener un instante
y revivir fiel tus movimientos
al salar la sopa
o tu rostro de algún día en cierta actitud
varias mañanas, sentada en un banco
y rezándole al pretil
te observé cortando legumbres
a veces el cuchillo rompía la secuencia
y depositabas en mi boca
un trozo de manzana
una rodaja de zanahoria
me gustaba estar ahí
inhalar las nubes que escapaban de tus ollas
esperaba la cucharada rebozante de caldo
seguida de tus “a ver”
como si en mi sonrisa
obtuvieras una recompensa
los domingos de pozole
yo picaba el col desde temprano
para medio día, la carne tierna
era separada de los granos
y el olor ya invadía la cuadra entera
varias veces tu cocina
ahuyentó a los presentes
mientras crujían los chiles en el fogón
y los jitomates rechinaban en el comal
otras, el mayor de tus hijos huía molesto
cuando las rodajas de cebolla en el aceite
se retorcían como cuerpos con cólicos
tú, al tomar en cierto modo la cuchara
o agitar ligeramente un sartén
sabías de ritmos y medidas
a veces me ponías a batir tal cosa
y parecía que en cada instrucción
querías heredarme el sazón
que jamás tendré
yo trataba de seguirte
confundiendo tiempo y dirección
amaba tus movimientos
la expresión al preparar una carne
o el amor que depositabas en una salsa
o en tu olfato, visitado por la sorpresa
la hora de sacar las papas del horno
aún le insisto al tiempo
la receta de tu cerdo en mole
pero sé que más tarde
nuestros asuntos continuarán
y me encontraré como aquella mañana
pelando tomates para la salsa.