Mi vecino le anda cambiando al mood. Le ha bajado a la llorera y a la música rompe-rasga. Ignoro sus penas, pero han de ser muchas. Ha tardado en ponerse al tiro, más que una nena abandonada en altar, más que yo cuando me pegaba la onda del desamor. Curioso es que va sanando solo, no organiza fiestas en casa, ni le he visto con mujeres, tampoco sale los domingos, ni se le vislumbran rasgos afeminados.
Hace meses que inició con un negocio de bases para camas, cómodas y buros, que con sus propias manos, ejecuta al son de El Tri, Los Bukis y hasta AC&DC, todo universal. Y ahí ando yo de mirona, viéndolo desde mi ventana cuando quiero distraerme del autocad, juzgando su ruidero con caras -que ni ve, ni verá- de desaprobación, cuando me harto de ser una obrera en mi habitación o cuando de tanto repetir a la Carla Morrison, salgo a tomar aire. Le observo, desde el balcón. Luego baja, caguama en mano, a exhibir sus creaciones, que a decir, tienen buen lejos. Más tarde, generalmente en la noche, sube a su escondrijo, pone a los pasteles verdes, y casi puedo escuchar sus moqueadas. Luego me digo -no, no ha sanado- en un tono más de ternura que de otra cosa. No sé, pero en una de esas le voy a comprar una base, el valor sentimental ya excede cualquier precio que me pueda dar.