MAMÁ, NO TENGO LA CULPA QUE A MÍ ME GUSTEN LOS BAILES
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18 julio 2011

Una alimaña disfrazada de Ros

Que tenga conductas anormales

no me hace anormal, ¿o sí?

¿o sí?


Ayer –¿o fue antier?– camino a casa, me encontré un ratón gris: chiquitito, hinchadito, con algunas horas de haber muerto. No lo había distinguido del todo, pues sus grisáceos quince centímetros se mimetizaban con el tono de la banqueta. Estuve a punto de pisarlo, pero trastabillé y logré esquivarlo. Giré torpemente y me enredé y pisé chueco y casi caigo; un tipo (que caminaba tras de mí) se acercó para preguntarme si estaba bien (¡menudo numerito debí hacer!), yo sonreí estúpidamente y le dije –señalando el cuerpo– que no quería aplastarlo, él me vio con cara de “ah, chido” y sonrío y se fue… y mi pie aún duele.
Me quedé observando al roedor, aún tenía la esperanza, pero de verdad no respiraba, no respiraba. Sus veinte gramos permanecían inertes. Lo tomé de su cola y lo llevé hacia un área pastada.
Mientras cojeaba rumbo a casa, recordé al ratón que una mañana encontré afuera de una maderería; aún no abría los ojos, estaba desnudo, pesaba menos que un alma, no tenía pelaje, pero sí un futuro incierto. Entre un puñado de aserrín y basura, se encontraba indefenso, algunas hormigas lo rodeaban, iban a destazarlo. Robé el botín a las obreras y lo llevé a casa, lo alimenté con cotonetes empapados de leche; los días lo fortalecieron y abrió los ojos. Ágil le hincó los dientes a la vida, de repente ya se encontraba dando volteretas, trepando por mi brazo, royendo galletas y semillas, y orinándose en mi hombro.
Él fue mi tercer roedor, antes estuvo Carmela, una rata blanca que me robé del laboratorio de la prepa, y Cuzcuz, una cuya que el ñoño más sexy ever que he conocido, un día me regaló.
Y luego llegó él: Coso, yo digo que fue él porque a veces entre voltereta y voltereta dejaba asomar un bultillo entre sus piernas, que ni Carmela o Cuzcuz tenían. Le puse Coso porque no era cosa, era niño (inserte aquí un largo prrr, prrr), era mi cosillo, pues. Mamá le decía chiquito cada que le acercaba algo de comer, papá lo llamaba chingaderita y muy de vez en cuando lo acariciaba, cuando mi sobrina comenzó a hablar, le decía fuchi o popó… algunas amigas se expresaban de él con un ‘qué asco’ o un ‘guácala’. A mí me daba igual su condición de ratoncito de caño, pero sobre todo las que me daban igual eran ellas, o lo que dijera el resto, al que amaba era a él, pues cuando se ama, se ama y ya, sin pretextos, así nomás. El que nunca lo amó fue Alejandro, mi gato albino, tampoco Tomás, un gato callejero con mucho flow que llegó después; lo bueno fue que, a pesar de sus principios, aprendieron/intentaron respetarlo.
Coso creció y creció, su pelaje brillaba, medía de hocico a cola veintiún centímetros, con los meses le compré una pecera y lo mudé de su roída caja de cartón. Me gustaba mirarlo a través del cristal, a veces, con nostalgia pensaba en cómo habría sido su vida en las coladeras, ¡qué sería de ti, chiquitin! –le decía. Pero luego brincaba a mi cuello o comía entre mis manos y nada más importaba.
Jamás he matado un ratón, o una rata, o arañas, escarabajos o alacranes. Debe ser porque en mi pasada vida fui uno de ellos o porque soy la niña de los bichos, o en realidad, más en realidad, porque soy una alimaña. Para mí son criaturas hermosas, fascinantes, no entiendo el histórico odio o asco que se les tiene. A mi mamá le enojaba cuando en lugar de matar cucarachas, las espantaba con la escoba para que huyeran de casa y de sus malas intenciones.
De vieja, me veo claramente siendo la señora de los gatos, de las ratas, o de cualquier bicho rastrero. Me imagino en un cuchitril riendo maliciosamente y asustando a los niños de por el barrio, duh.
Para Coso debí ser alguna especie de madre, a pesar del cariño, o de la costumbre o de la rutina o qué sé yo, muchas veces se alejó, se perdía por entre la ropa, se metía bajo un sillón, a veces amanecía en la pileta o de vuelta en su antigua cajita de cartón. Siempre regresaba, y afortunadamente, ni Alejandro ni Tomás, lo encontraron antes que yo.
Un día, en que por su edad y su pereza ya no quiso trepar a mi cuello, envejecido, gordo, y lento… murió en mis manos.
Con los ojos anegados le murmuré que nos seguiríamos encontrando. Antier lo encontré dormido, ya sólo nos vimos pasar, seguro vendrán días mejores.