De niña, mamá jamás me llevó a un circo, al principio me inventaba cualquier pretexto: "eso es carisisísimo, no nos alcanza" "¡mejor vamos con tus primos a la playa!" o "¿y qué te parece si vamos al cine?"
La odié un poco, sobre todo cuando mis compañeras me contaban lo divertido que era ver bailar a los monos o ver el salto del imponente tigre a través de un aro de fuego.
Ya cuando era una niña más grande, 7 u 8 años, me explicó que detrás del show, de las risas, de la magia y el espectáculo, había tortura, maltrato animal, sometimiento, esclavitud.
Sentí tristeza, mucha mucha, así de tristeza como cuando vi dumbo y el domador golpeaba a su mamá, así como cuando murió mi gato o mi primer perro y fui consciente del vacío.
Aún así, envidié muchas veces a mis compañeras cuando relataban lo felices que eran de ir al circo y me mostraban esas fotitas en donde sale toda la familia. Se burlaban de mí y decían que yo no iba porque era pobre, un día les dije que los circos eran malos porque castigaban a los animalitos si no hacían lo que les ordenaban. Ellas rieron de mí.
Cristina, recuerdo bien ese nombre, me dijo que era una tonta, que los animales eran felices en un circo. Sí, era una tonta y me sentí una tonta, pero por no defenderme, por quedarme callada. Odié a Cristina y a las tantas "Cristinas" más que me he topado por el camino.
Pasaron los años y con el tiempo le di toda la razón a mi madre, agradecí sus pretextos, y hasta que me llevara a ver el estreno de "la profecía" esa donde el don tenía grabada en la cabeza el 666 y era tan de espanto, mientras mis compañeritas reían en un circo.
Ni cuando pude ir por cuenta propia, quise asistir a uno de esos espectáculos criminales.
Seguramente, cuando yo sea madre, preferiré el odio temporal de mis hijos antes que llevarlos a un circo de animales en donde estos son obligados a vivir cosas antinaturales para ellos.
Aunque, mejor no juzgo, me imagino que uno de padre sólo hace lo que el corazón le dicta en el momento.
Quizá si mi madre me hubiera llevado un día, tan sólo un día al circo para haberlo conocido por dentro, y después me explicara todo lo que me dijo, también se lo habría agradecido...no sé, ser mamá debe ser complicadísimo.
Seguramente ahora Cristina es una de esas doñas que lleva a todos sus hijos al circo y rien cuando los changos bailan y dicen oohhh! cuando el león salta por el aro de fuego mientras retacan su boca de palomitas y aplauden al domador que latiguea a los caballos.